miércoles, 1 de diciembre de 2010

Tortura y recompensa

Exámenes por corregir. Llegó ese momento del año. Hay que leer y leer.
Hay que juzgar. Hay que decidir (¿dos puntos?, ¿cinco puntos?, ¿por qué no cuatro y medio?, para tal caso ¿por qué no cinco y medio?... ¿cinco y tres cuartos?).
Hay que tener cierto estado de ánimo especial para corregir:
La mente debe estar en paz.
Nuestro pensamiento debe encarcelarse en un cuarto. Nuestro espíritu debe sentarse en una silla, con la mesa y las rumas de papel al frente. Prohibido soñar, prohibido divagar. El mundo, fuera de esa mesa y esas torres de celulosa, simplemente no existe; es más, tampoco puede ser soñado ni inventado. Todo lo que conocemos y hemos conocido está en esos 127 cuadernillos de escritura anónima.
Sólo queda convertirse en juez supremo y juzgar.
Mucho más tarde, años más tarde, cuando haya que entregar los exámenes la próxima semana, habrá que felicitar, que explicar, que aclarar, para que el círculo se complete.
Terminada la tortura, entramos nuevamente en contacto con la vida. En contacto con aquellos que laboriosamente escribieron en esos cuadernillos. Acompañarlos mientras verifican si lograron explicar lo comprendían, si lograron describir cómo esa palabra le daba un nuevo significado al final del cuento, cómo el título nos señalaba el sentimiento del poeta, es ya parte de la vida. Y es la última lección del año. Si logramos juzgar bien cuando corregimos los cuadernillos, resulta siendo una de las lecciones más valiosas.

1 comentario:

andrea dijo...

pobre!!!....te hemos compadecido aquí con las chicas de la ofi